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El chocolate: una historia espumeante


Delicioso manjar y excelente afrodisiaco, el chocolate, desde la época prehispánica se disfrutaba por sus virtudes, como una excitante bebida





Tomar chocolate era uno  de los privilegios dentro de la sociedad indígena. Este era espumado por hermosas doncellas y servido en jícaras y hay quien relata que también era servido en finos tarros de oro.

Bernal Díaz del Castillo en sus crónicas narra que le presentaban cerca de cincuenta jarros grandes hechos de buen cacao. Esta bebida se aromatizaba con flor de cacao, en ocasiones le ponían chile, solían endulzarlo con miel o combinarlo con vainilla.

La calidad de esta bebida era puesta en relieve al presentarla a la mesa del emperador, que impresionaron a los cronistas españoles. También se dice que era considerado desde esa época una bebida energética y afrodisiaca, por lo que el emperador Moctezuma tomaba habitualmente dos jarros y cuando dormía con sus doncellas tomaba de tres a cuatro jarros de la excitante bebida.


EN LA NUEVA ESPAÑA

El chocolate se constituyó desde un principio como una bebida doméstica, que se preparaba varias veces durante un día. En las familias de escasos recursos, el chocolate se tomaba una o dos veces al día, especialmente en el desayuno y después de la comida, fungiendo así como estimulante y digestivo. En las grandes casonas de la Ciudad de México, se podían dar el lujo de tomar de cuatro a cinco jícaras de chocolate al día: siempre era en el desayuno, en el almuerzo, después de la comida, a media tarde y en ocasiones por la noche.

Existían, además, otras oportunidades para tomar chocolate en casa, por ejemplo, cuando se hacía alguna tertulia o se recibían visitas. En estos casos, el chocolate iba acompañado de pan dulce y pastillas pequeñas de azúcar con figuras moldeadas en su parte superior.

Fuera del ámbito doméstico, el chocolate se podía preparar en los pequeños talleres que con toda seguridad se comenzaron a establecer en las principales ciudades novohispanas a principios del siglo XVII, a juzgar por el intenso comercio de chocolate preparado y en pastillas que había en las calles de México por esas fechas.

Era tanto el consumo de chocolate que se llegaron a realizar tazas especiales, como las de porcelana con bigotera: en la parte superior llevaban media tapa en forma de bigote, de forma que este no se llenara de espuma; otras fueron las mancerinas, creación del marqués de Mancera, virrey de la Nueva España, quien otorgo carta de legitimidad dentro de la etiqueta novohispana al sopeo del pan en el espumeante chocolate.

La taza estaba hecha de una sola pieza con el plato. Hay quien dice que el plato era para poner las diferentes reposterías, otros que para que el chocolate, al sopearse, no chorreara sobre los vestidos.

En Francia se desató un gran consumo de chocolate, ya que los médicos pensaban que ayudaba a las dolencias crónicas y al mal de amores.



EL CONSUMO EN LOS CONVENTOS

Durante el periodo virreinal, el consumo de chocolate se hizo una moda en todos los conventos españoles y portugueses de América.

El consumo de chocolate llegó a ser exagerado dentro de los conventos de frailes y monjas. Tal vez su regla les impedía tomar alguna otra bebida estimulante, y por ello recurrían con tanta pasión al chocolate. Según algunos testimonios de la época, los religiosos consumían hasta ocho jícaras de esta bebida diariamente, con la justificación de que les ayudaba a mantenerse en estudio y oración por largo tiempo. Llegaron las órdenes religiosas a estimar en tanto el abasto de chocolate a sus conventos que, cuando tenían la posibilidad, ponían sus propias plantaciones de cacao.

Se bebía chocolate a todas horas, en lugares sacros y profanos y naturalmente se compraba en grandes cantidades, cosa que producía excelentes dividendos a quienes lo elaboraban.

Hasta la fecha, en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México se conserva dentro de sus instalaciones un salón chocolatero, donde se reúnen los sacerdotes para platicar y tomar la espumeante bebida.

Algunos talleres se encargaban de elaborar algunas tablillas, pero en especial los conventos de la Ciudad de México hacían pastillas redondas o cuadradas, o en cilindros enrollados, teniendo así merecida fama el chocolate elaborado por las monjas del convento de San Jerónimo, el de las madres capuchinas y el de Santa Clara.

En Puebla de los Ángeles, las religiosas de Santa Inés, cuyas vidas estaban pletóricas de la obediencia que juraron cumplir y profesar, vivían según sus muy particulares costumbres, cuando de pronto surgió una orden del señor obispo, quien quiso reformar las reglas de la orden, para que así se cumplieran los votos de pobreza, humildad y obediencia que las monjas habían aceptado como propios: por lo tanto, se prohibirían las cosas suntuosas, principalmente el consumo excesivo de chocolate y el servicio doméstico.

Una de las obligaciones del servicio, era servir el chocolate, cuidando que estuviera bien batido, espumosos y perfumado según el gusto del ama, ya fuera en leche o en agua, alguna veces aderezado con queso y canela según la costumbre de Oaxaca y acompañado de pan de huevo, roscas de manteca, melindres, mamones y otras delicias de la repostería y panadería de la época.

Las Carmelitas fueron las únicas religiosas de la Nueva España que no bebieron chocolate hasta mediados del siglo XVIII. Quizá, fue la respuesta de las fundadoras del primer recinto Carmelo de la capital virreinal frente a las críticas de monjas  de otras consagraciones, originadas en el establecimiento de una regla tan austera.

En la orden del Carmen, la prohibición de beber chocolate fue elevada a voto, el que se pronunciaba en el ceremonial de los votos temporales o solemnes, como lo demuestra el ejemplo siguiente: “Yo, la hermana María Cirila Josefa de San Pablo, hago mi profesión y prometo obediencia, castidad, pobreza y perpetuo encerramiento a Dios Nuestro Señor y a la bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo y al Ilustrísimo señor arzobispo de México y a todos sus sucesores, según la regla primitiva, hasta la muerte y hago voto de no beber chocolate ni ser causa de que otra lo beba”.

Más allá de las polémicas, a través de los tiempos, el chocolate es popularmente una bebida confortante y un alimento capaz de vigorizar la alegría espiritual.



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